Por Carlos Tórtora.-

Lo que empezó siendo un escándalo de corrupción se está convirtiendo rápidamente en una crisis política. Al intimar a Manuel Adorni a que presente su declaración jurada, Patricia Bullrich cruzó una línea sin retorno con Javier Milei, porque éste no acepta que nadie de su espacio lo desafíe, que es lo que acaba de hacer ella.

La primera pregunta entonces es por qué la senadora prácticamente entra en la carrera presidencial cuando falta casi un año y medio para las elecciones, lo que le augura un largo ciclo de desgaste.

Razones hay varias. La más importante es que el derrumbe de Milei en las encuestas está teniendo un efecto arrastre sobre todas las figuras del oficialismo. O sea que Bullrich también empieza a bajar.

Otro motivo: para el caso de que la senadora finalmente disputara la jefatura de gobierno porteña, las noticias también son malas. En los últimos meses, la imagen del gobierno cayó el 36% en la Ciudad, algo único en el país. La explicación es que una buena parte del electorado porteño está irritado por haber votado a Adorni el año pasado.

Ante un rompecabezas

El caso es que hoy por hoy Bullrich, de sus opciones posibles, ya descartaría ser la compañera de fórmula de Milei, porque su discurso la va alejando de la Casa Rosada. Le quedarían dos: la más compleja es ser la candidata presidencial del Círculo Rojo si Milei queda fuera de juego, lo que hoy parece probable pero de ninguna manera fácil. Lo segundo es jugar todas las cartas a la jefatura de gobierno, perfilándose como la candidata disidente de LLA, pero la única del oficialismo que puede ganarle a Jorge Macri y Horacio Rodríguez Larreta.

Esta última alternativa abre un juego político nuevo. En el mismo, Milei debería aceptar a la senadora como vocera de los oficialistas disidentes, es decir el anti-karinismo.

La agonía de Adorni sería entonces el laboratorio donde empezaría a ensayarse este nuevo equilibrio de fuerzas.

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