Por José Luis Milia.-

Siempre hubo periodistas ensobrados, de todos los colores y banderas, pero eso no da licencia para los ataques arteros y esquizofrénicos que hoy se han puesto de moda. En una sociedad en ruinas puede haber de todo, pero hay que recordar algo elemental, si Dios le pidió a Lot diez justos para no incinerar Sodoma y no los encontró, la presencia de un solo justo entre los periodistas -Diego Cabot- basta para mantener viva la dignidad de la profesión.

Cabot es admirable no sólo por su valentía y entereza, sino por un gesto que casi nadie subraya. Antes de publicar los cuadernos, los presentó en la justicia para que la investigación avanzara en el ámbito correcto. Renunció a la fama inmediata para darle prioridad al deber institucional. Y ahora, la justicia en la que confió está patas para arriba; jueces y fiscales lo sientan en un banquillo que imita el de los reos, lo someten a una ordalía de doce horas, mientras los verdaderos acusados -corruptos y coimeros- declaran cómodamente desde sus casas por Zoom.

Ni jueces, ni fiscales se molestan en disimular; parecen, al igual que los defensores, empleados de los acusados, y dedicados de lleno, a perseguir al periodista que destapó el chanchullo.

Era obvio que la declaración de Cabot iba a ser un campo minado, con la defensa buscando desestabilizar pruebas, cuestionar su valor y provocar contradicciones. Pero lo inhumano es exponer a un hombre a semejante maratón de horas, como si el objetivo fuera quebrarlo y no esclarecer la verdad.

En un país donde la justicia se ha convertido en caricatura, Cabot es el recordatorio incómodo de que todavía puede existir un justo. Y por eso lo castigan, porque su sola existencia desnuda la complicidad de un sistema que prefiere proteger a los corruptos antes que reconocer al periodista que los desenmascaró.

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