Por Italo Pallotti.-
En esta Argentina nuestra, siempre nos hemos ocupado de hacer cosas en las que la certidumbre tiene muy pocas chances de acertar en los pronósticos. Mil razones, en tanto tiempo, han ido opacando la posibilidad que los hechos se expresen de un modo claro, preciso, y sobre todo cubriendo expectativas que le sirvan a la comunidad. Unas veces, los distintos modelos políticos apenas si dieron alguna posibilidad de aferrarse a ilusiones que se manifestaran en el futuro sin algún cimbronazo que tirara al canasto lo ansiado. Un tiempo de modelos que parecían adoptar los principios de la Democracia. Eso rara vez resultó. Siempre, o casi, los principios establecidos por ella fueron perdiendo vigencia. Un maltrato a sus enunciados, por gobiernos flojos de papeles, cuando no corruptos, nos fueron llevando por un camino qué, como un principio casi aceptado, inexorablemente derivó en gobiernos de facto. Cabe preguntarse si el sostenimiento, aunque con grandes imperfecciones del sistema democrático, desde los años 30, para no ir tan lejos, no hubiera generado, a hoy, una manera de conducir la cosa pública (hipócritamente llamada nueva Democracia) ordenada, eficiente y por sobre todo honesta, en el cumplimiento de las normas que rigen a ese sistema de gobierno. Una costumbre, o muy parecido a ella, nos ha embretado en políticas tan a contrapelo de lo apetecido por una gran mayoría de la sociedad. Cada cambio, a poco de andar, vuelve a tropezar con la misma piedra.
Los tiempos, y bajo un sistema de corto plazo, parecen cada día más breves. Las elecciones de medio término aparecen como una especie de tortura para romper toda posibilidad de encaminar planes que perduren con visión de largo plazo. Los inicios de “campañas” o algo muy parecido a ella, hacen claudicar todo intento de sustentar un plan de gobierno que tenga solidez, se afiance con la suficiente densidad institucional y perdurabilidad. Todos los principios que la buena práctica aconseja comienzan a deshilacharse meticulosamente para, sin excepciones, intentar hacer fracasar todo intento de revertir viejas y mañosas costumbres. Siempre hay una oposición a la que poco le interesa el sostenimiento del nivel institucional y político. Muy rápido, generalmente, se olvidan las trapisondas, desmanejos y su aliada la corrupción para salir al ruedo con todas las “soluciones mágicas” que proponen a una ciudadanía, ya a esta altura, harta de los experimentos en la gestión de gobierno.
Dicho eso, olvidados de pecados gravísimos, la oposición encuentra, tantas veces, el terreno fértil para que el ciudadano común comience a plantearse en la posibilidad de nuevas opciones (“otra vez sopa” -Mafalda- (Quino). Los derrumbes anteriores, de apenas un puñado de meses, se comienzan a olvidar con esa fragilidad de memoria por la que los argentinos somos expertos maestros. Porque los nuevos, por obra y gracia de una dirigencia por momentos rondando los mismos vicios, en los contornos de la corrupción y en el manejo vivoreado del poder no se cuidan de un modo meticuloso, ante la opinión pública, cometer los mismos errores. Ante esa alternativa, el votante, que por un histórico principio viene haciéndolo por “el menos peor”, se encuentra en la disyuntiva de pensar que deberá seguir optando bajo el mismo tenor para no caer en el infierno ya vivido. Todo muy innoble. Las alertas para torcer rumbos, parecen no llegar a destino. El ciudadano duda. Se reciente su dignidad y pensamiento con la fe que se rompe. Se banaliza su esfuerzo por creer en lo que supuso inmaculado, pletórico de libertad. Se desvanece su deseo de felicidad, soñada por décadas. Y no puede menos que advertir: Cuídenme señores. Un nuevo desencanto me transformará en un infeliz hombre de a pie. Por lo expuesto, aquello del título: “¡Qué raro todo!”
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