Por Italo Pallotti.-

En esta Argentina nuestra, tan extraña y a veces conmovedoramente angustiante, el paso del tiempo parece habernos encasillado en una secuencia dramática. La monotonía del absurdo es una constante. La ausencia de códigos, al menos los necesarios para una convivencia normal, han desaparecido. La riqueza de principios, que alguna vez fueron una guía para enfrentar los desafíos que imponían los acontecimientos, se fueron degradando. Una decadencia de las buenas costumbres del estrato social, al menos en algunos estamentos perfectamente identificables, con el correr de las décadas se fueron corrompiendo a niveles que no admiten otra calificación que una particular condena. El abuso y el desprecio sobre los valores ajenos, de todo tipo, se han ido constituyendo en una especie de telaraña, cuyas consecuencias se extralimitan a tales extremos sobre los que se han perturbado los medios idóneos de ponerlos nuevamente en el buen camino. Nada parece ya importar. Un desvío de la moral, en lo personal y consecuentemente expandido a nivel general, están sobreviviendo por la inacción de los mecanismos necesarios para ponerlos nuevamente en orden. Las promesas de imponer orden se han visto anuladas por un mecanismo disruptivo de imprevisibles consecuencias.

Dicho eso, los últimos acontecimientos del miércoles pasado, con motivo del debate sobre la ley de “Modernización Laboral” en el Congreso nos volvieron, cruda y brutalmente, al escenario de la barbarie. No es del caso tratar aquí los merecimientos y valoración sobre los efectos beneficiosos o no de la tal reforma. Pero sí es necesario considerar algunos aspectos del debate. Para un simple ciudadano, la sola observación del mismo, lo ubican en la sensación de estar asistiendo a la confrontación de dos países. O blanco o negro. Nada es coincidente. Cada uno con el mensaje de “su” verdad. Los méritos y el bienestar de su aprobación para unos; el derrumbe y la desgracia, para otros. El lenguaje chicanero y grotesco, en tantos, contrastando con unos pocos con la serenidad necesaria para, por lo menos, dejar planteado matices. Lo triste que en lo previo, la supuesta bajada de línea, no aportó otra instancia que no fuera la de “romper” todo. Amenazas, furia y códigos de una virulencia atroz, precedieron la jornada. Que nada se concretara. Los argumentos los de siempre, teñidos de vetusta y conocida historia. La demagogia y el populismo, ahí, como antaño, listos para el sablazo. Argumentos, algunos con una pobreza que asombra; otros con esa conocida hiriente, mordaz, manera de aprovechar para sacar viejos rencores, resentimientos y memorias disecadas por el revanchismo. Un más de lo mismo atroz, para el olvido.

Afuera otra historia, aún más olvidable. Dirigentes y advenedizos en un espectáculo bochornoso, emparentado con el delito, por donde se lo mire. Nada justifica tal afrenta a la paz de la sociedad. La incultura, el desorden y la violencia a extremos brutales, patológicos. Un desvarío mental con inusitado desprecio por lo ajeno. El destrozo de los bienes públicos, sin miramientos. Todo en el anonimato; la capucha y el cubrirse el rostro en muestra de criminal cobardía. La Democracia, clamando justicia. El pueblo, herido en su sentimiento de orden, tantas veces reclamado, más veces prometido y muchas otras incumplido. Nada igual (salvo el del mortero, otra muestra de proverbial salvajismo e imbecilidad) se vio en otro momento. La “fabricación” de morteros a cielo abierto, por un grupo de energúmenos delincuentes y practicantes de golpismo, superó toda imaginación. Policías heridos (como si no fuera suficiente lo que viven en Santa Fe; éstos moralmente heridos) sin que a nadie parezca importarle. Mientras una parte del sindicalismo, extravagante y apolillado en sus costumbres no deja de echar leña al fuego, como si esto beneficiara a uno solo de sus cautivos afiliados. Es de esperar que aquella acuñada frase de “el que las hace las paga”, puesta de nuevo de moda por flamantes dirigentes del gobierno, de una vez por todas cobre vigencia. De lo contrario, estamos en las vísperas de nuevas tragedias. O como se plantea en el título estaremos viviendo “La misma historia”. Mal que les pese a muchos que hacen de la palabra libertad, un remanido apotegma, que corre serios riesgos de estar en peligro; frente a tanta canallada. El silencio y el dejar hacer, en estos casos, es muy dañino.

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