Por Claudio Valdez.-
Los imperios, hoy denominados potencias mundiales, aplicaron a través de los siglos el sometimiento y el genocidio como procedimientos habituales.
El siglo pasado, con sus dos guerras mundiales y las posteriores contiendas localizadas en Lejano Oriente, Cercano Oriente, África, el Caribe y América del Sur, no deja dudas de los asesinos resultados del mundo colectivista como también del demócrata liberal para imponer sus doctrinas e intereses al resto del mundo, conocido como “tercer mundo” precisamente por negarse a integrar aquellas alineaciones.
En su carrera imperialista, tanto el socialismo como el liberalismo no escatimaron acciones diplomáticas, económicas, ideológico culturales, tecnológicas y bélicas con la finalidad de apropiarse de territorios, recursos materiales y humanos de los pueblos seleccionados como víctimas. Así se concretó el sometimiento de grandes extensiones del planeta con la colaboración de adeptos y simpatizantes locales, en detrimento de sus propias naciones. Se hizo uso del terrorismo, los desplazamientos de población, la guerra y el genocidio.
Estos exterminios sistemáticos provocados por causas políticas, económicas e ideológicas fueron motivados y realizados por instigaciones “internacionalistas” y “globalizadoras”; quedando en suspenso la necesaria explicación de ¿cómo estos estragos no fueron catalogados de genocidio? La respuesta surge de inmediato al entenderse que ésta, como otras calificaciones de Organizaciones Internacionales, son establecidas, administradas y ejecutadas por voluntad de las propias potencias que actúan como provocadoras, cuando no como directas agresoras.
La realidad es la verdad: los hombres, los pueblos y las naciones siguen sufriendo y muriendo por causas políticas, económicas, religiosas, raciales y culturales, mal que les pese a los defensores de los declamados “derechos humanos”, porque las interpretaciones de “esos derechos” son exacerbadas o moderadas por conveniencias multilaterales y de las potencias rectoras, siempre muy distantes de la comprensión del hombre común que “no pretende dominar el mundo”. Resultan en consecuencia tendenciosa propaganda sin ningún fundamento de justicia, no obstante, su aparente lógica humanitaria.
En La Argentina, fuerzas irracionales arrastran necias voluntades, influenciadas por algunos medios masivos de comunicación que se aprovechan de temores latentes y angustias por hecatombes del pasado e incitan en el inestable presente a “la lucha social”.
Es imperativo rectificar el rumbo, como vislumbrara desde el año 1947 el presidente Perón: “Si se quiere que la sociedad futura sea algo más que un campo de concentración o un inmenso cementerio”.
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