Por Italo Pallotti.-

En esta Argentina nuestra cuesta, muchas veces, encontrar situaciones que tengan que ver con buenos recuerdos. Parece todo como una de esas alternativas que se han ido sumando con el tiempo. Todo confuso. Enmarañado. Aquellos que por la edad vivimos buceando en la memoria, son pocas las ocasiones en la que se nos hayan gravado motivos gratos de recordación. De no apelar a los que nos hayan dejado las cuestiones solamente personales y las referidas a situaciones íntimas o de familia; poco es lo que tenemos para revivir con satisfacción. Porque nos ha tocado transitar en una sociedad, en lo cívico y político, que se fue llenando de momentos. Apenas eso. La mayoría hechos a la imagen y semejanza de asuntos sombríos, tristes. Cuestiones generacionales, pueden decir muchos. Habrá algunos que les tocó un período más o menos normal. Se me ocurre que pocas veces. Cuando algo se ha tornado con algún viso de continuidad apetecible, un traspié vino a sepultar el poco de esperanza que se había puesto en los hechos. Una monotonía de actos frustrantes marcaron la vida de generaciones. Porque siempre el hombre, y sobre todo el encaramado en la clase política, se encargó de desmotivar, con su negativo papel de conductor, de un modo casi rutinario, a una mayoría.

Siempre, civiles y militares, en teoría precursores promesantes de las mejores discursivas nos embarcaron en aventuras, con simpleza unas, con radicalización otras, que no tuvieron otro final que no fuera el fracaso. En estos días la memoria recurrente, apenas separados por una semana, 24 de Marzo y 2 de Abril, nos llevaron, aunque se los ensalce con esa especie de letanía encubridora de la verdad auténtica; porque para eso somos como expertos devotos, tanto uno como el otro (Golpe de Estado del 76 y Malvinas), se situaron temporalmente en el dolor y la tragedia. El primero como derivación planeada para sanear un descalabro institucional y político al nivel de un “no va más” concluyente. El segundo, que por sus características no le fue en zaga. Porque la situación que derivó en cada cual tuvo en la claudicación y el fracaso el sello de angustia y muerte; evitables ambos si la pericia de sus mentores hubieran contado con la sabiduría y templanza necesaria para evitar los infortunios.

Parte de una generación, en uno y otro caso, nos privó de vidas jóvenes. Daño que es difícil reparar. Ni las discursivas, ni los homenajes son capaces de remediar tanto daño. Gestas disímiles. Una con supuestos “vencedores y vencidos”. Otra con vencidos, en el marco de una derrota previsible. Y como tal de dolorosa; aunque la historia nos la traiga a la memoria como una síntesis reivindicatoria de derechos inalterables. Tardíos homenajes apenas si suturan viejas heridas. La deuda, según se analice, en ambos casos, tiene momentos que la reparación histórica deberá ocuparse un día.

Dicho eso, en ambas secuencias del recuerdo, las miserias humanas volvieron a recrudecer. El 24/3 como el 2/04, trajeron de nuevo las grietas, los desencuentros, el encono, el insulto, la provocación y el aprovechamiento espurio de las fechas en cuestión. Actos separados. Distorsión del mensaje. Intenciones alejadas de los hechos. Promesas con lejanía en el tiempo. La política, como siempre, metiendo su cuño egoísta, pendenciero e interesado. Por lo dicho en el título: “Gestas y gestos”. Unas desde la lógica y la recordación. Los otros para la vetusta y acostumbrada chicana. Ni la cercanía de las Pascuas tiene para muchos ególatras y narcisistas un simple gesto de reflexión y recogimiento. Así está todo.

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