Por Italo Pallotti.-
En esta Argentina nuestra, esa por la que muchos darían su vida por defenderla y otros más indolentes abandonarla le da lo mismo, de continuo nos enfrenta a un sinnúmero de porqué. Siempre el borde. En la periferia de esas cuestiones que por ser tan descabelladas, nadie las entiende pero los afecta, nos golpean a todos, en definitiva. Siempre con el corazón en la boca. También con el pensamiento puesto en el eterno enigma de los interrogantes. Siempre, en un pasillo oscuro; pero que de todas maneras lo transitamos en la esperanza de encontrar, al final del mismo, algo que nos sirva. Que nos de la posibilidad de aferrarnos a un plano distinto. Porque si de algo debemos sorprendernos es esa cualidad del ciudadano común de preguntarse una y otra vez hacia dónde nos llevan. Y ese cuestionamiento, siempre también, va dirigido a la clase política. Porque décadas inmersos en la decadencia hacen de difícil pronóstico el futuro. Cualquier acontecimiento, desde el más banal, insustancial, al más importante lo hemos ido asimilando con pasmosa tranquilidad. Como si el paso del tiempo no importara. Como si el posible proyecto de país pudiera esperar otro tanto para construirse. O siquiera hacer un proyecto serio de él.
Hemos sido capaces, los argentinos, de digerir cada nuevo intento de salir a flote de ese permanente naufragio político y social, con una resignación que duele y perturba. Entretanto, ni los del momento ni los que vinieron a pesar de las promesas que de movida todos sabían irrealizables, hicieron algo para modificar ese status del fracaso. Siempre encapsulados en una telaraña de la que, en lugar de interrogarnos el por qué llegamos a este escenario, por el contrario de hacerlo en el qué podemos hacer para modificarlo, nunca nos planteamos (todos: gobierno y pueblo esa alternativa). Hubo, o parece haberla, una trágica filosofía del “dolce far niente”, al menos en grandes sectores de la sociedad, incluida la clase gobernante. Una especie de pereza disolvente invadió, luego, al país. Nadie se dio por enterado de que, en el interín, la vida iba pasando. E infortunadamente, se fue. Entonces, hoy, sin que sea estricto el enumeramiento, los jubilados, históricamente olvidados, lo son más que nunca. La niñez (alguna vez en teoría “los únicos privilegiados”), por el mismo camino. Los docentes, en ese padecimiento eterno (porque alguna vez, alguien desde el poder, como tantos, argumentara que tenían tres meses de vacaciones -secuencia hipócrita. Consecuentemente, la educación (sobre todo la pública) postrada en una caída patética y vergonzante. Las universidades, en un padecimiento crónico (también en el sector estatal), que daña a generaciones enteras. Los médicos y enfermeros, jugados entre la vida y la muerte de sus pacientes, viviendo su propio suplicio. La salud pública en un estado de calamidad patética, víctima de una vorágine despreciable. La asistencia social, por medio de mutuales (discapacidad, vejez) en tránsito a un derrumbe terminal. Las fuerzas del orden, y de paso las FFAA, que se ligaron el “castigo” porque una política de DDHH, tuertos, los condenó, sin atenuantes. Nadie parece advertir tamaña hecatombe.
Mientras, el pueblo se “alimenta”, día a día con el caso Adorni. Descarado tratamiento a un tema que, por miles (de la oposición), recibieron disímiles y leve publicidad; con independencia de su culpabilidad o no. Porque se supone que aquello de “el que las hace, las paga” está vigente. El “detrás de escena”, difícil de conjeturar. Una Justicia, con la velocidad de un rayo, parece haber despertado, en apariencia, si se la compara con su histórica lentitud. Por otro lado, la oposición al actual gobierno, como decía en una nota anterior “ve sangre y ataca”. Pero de un modo tan feroz y brutal que, como se expresa en el título: “Entre la mentira y el olvido”. Prefieren acovacharse de tal manera que la fragilidad de memoria, la falta de escrúpulos, y el aventurado deseo de volver al poder, los hace valorar frente a la opinión pública, con una aureola de protección insospechada y ridícula ante tantas fechorías cometidas, sobre las arcas del Estado, en no lejanos tiempos. La mentira y el olvido se acoplan para el embuste de una clase política desarraigada de los principios rectores; a los cuales si no se vuelve a tiempo para recuperarlos estaremos frente a una gran desarmonía social e institucional. El contrato social, en terapia.
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