Por Luis Alejandro Rizzi.-

El sentido común nos hace presumir que la tregua entre EEUU e Irán se mantendrá “stand by” hasta que se concrete la reunión entre Donald Trump y Xi Jinping.

Medio Oriente conforma una doble zona de influencia, estratégica-militar para EEUU e Israel y comercial-militar para China.

Es zona de interés por el petróleo para todo el mundo y a su vez tiene la cuestión propia político-religiosa o religiosa-política entre sunitas y chiítas y palestinos y judíos.

La guerra entre EEUU e Irán perturba mucho más que el conflicto entre Rusia y Ucrania o entre Putin y Ucrania.

Ese es el mapa sobre el que conversarán Xi Jinping y Trump, si la reunión no se posterga o cancela, lo que considero improbable.

El diario “El País” dice: “Sentado y en silencio, como quien espera que pase el cadáver del enemigo por delante de la casa, Xi Jinping espera, mientras el presidente de Estados Unidos persiste en su ruidoso y cada vez más calamitoso protagonismo…”

Es cierto, Trump podría, en teoría, destruir a Irán, pero jamás podría ocuparlo, de donde ese supuesto poder, más virtual que real, de poco o nada le serviría ante Xi Jinping.

Es evidente que ni Israel -Netanyahu-, ni EEUU -Trump- lograron sus objetivos y la cosa no pasa por aniquilar a Hezbollah y Hamas ni mantenerse en estado de guerra permanente, política y económicamente sería insoportable.

Esta impotencia limita a EEUU en su insistencia sobre la independencia de Taiwan, ni el pueblo norteamericano, ni el partido republicano aceptarían otro lejano conflicto. Trump se agotó, y además ya fatigó.

Esto significa que Trump llegaría a China sin cartas o a lo sumo con un “póker” de copas que no es válido ni en el póker ni en el truco. Quiero decir, llegará además con las cartas cambiadas de maso.

Xi Jinping no necesita exhibir títulos ni cartas; tiene la suficiente templanza para no humillarlo a Trump; no le sirve en estado de postración.

Trump deberá levantar el bloqueo de Ormuz, comenzará a regresar a los militares a sus bases y muy probablemente aceptará la creación de un Estado Palestino.

Una nueva dirigencia del Estado de Israel deberá negociar un nivel de convivencia razonable y a la vez se deberán armonizar intereses comerciales y económicos, en los que Israel puede aportar su valioso “know how”.

Paradojalmente, “perdiendo” Trump podría encontrar una salida honrosa; es lo único que puede ganar.

Creo que Netanyahu no tiene esa alternativa. Hizo mucho daño y generó rencor. Será una variedad de “Nicolás Maduro”.

El Papa León XIV lo ha reprochado desde su real autoridad, reproche compartido por la comunidad católica norteamericana, y el rey Carlos III hizo sentir no sólo la voz del Reino Unido sino de Europa.

China tiene la “franja y la ruta de la seda”. Son sus intereses comerciales y económicos, por su historia y cultura, sabe que el poder guerrero sirve de poco en este mundo tecnológico.

Es su “commonwealth”, Europa pretende recuperar su poder cultural y armonizar intereses; el tratado con el Mercosur es un paso y EEUU sólo tiene el dólar, pero no es suficiente.

Alexander Melnik le decía a Luisa Corradini, en el diario “La Nación”, entre otras cosas interesantes acerca de Trump y Putin: “Pero creo que son como hermanos siameses que comparten más o menos la misma visión del mundo. Piensan que hay que romper por completo con el orden internacional que los asfixia. Ellos son los ingenieros del caos. Hay que romper con todo eso. Hay que saltarse las reglas porque todo está burocratizado, etcétera. Por un lado, Putin intenta lavar su imagen. Es decir, borrar la humillación. Es como si quisiera vengarse de lo que considera la derrota de la Unión Soviética, durante la Guerra destruyeron la Unión Soviética y busca reparar esa humillación. Trump quiere reparar la humillación que él llama el “Estado profundo”, es decir, la cultura de masas impulsada por los demócratas.”

Los dos serían variante del “iliberalismo”, sustento endeble de la nueva pero añeja extrema derecha, que el pueblo húngaro acaba de derrotar.

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