Por Carlos Tórtora.-
Pocas veces los actos oficiales concitan grandes expectativas políticas. Generalmente transitan más bien por la formalidad y la intrascendencia. El de hoy en Rosario por el día de la bandera es un caso excepcional. Como gesto político, si Javier Milei ubica a su lado a Manuel Adorni, emitiría un mensaje claro: que persistirá en sostenerlo pase lo que pase.
La lógica de esta decisión es la ya conocida. El presidente piensa que, si entrega a Adorni, la ola anticorrupción luego se los llevaría puestos a él y a Karina. Con reminiscencias de Margaret Thatcher, la línea de Milei es no ceder hasta que sus enemigos cometan errores que los debilitan. La exhibición de hoy en Rosario significa quemar las naves. Igual que lo hiciera Hernán Cortés hace 500 años, Milei le está diciendo a su gente que no hay retirada posible. O resisten con Adorni o se desmorona el gobierno.
En otras palabras, no les deja a los suyos espacio para abandonarlo y sumarse al oficialismo crítico de Patricia Bullrich. Esto, a su vez, implica que reafirma su voluntad de ser reelecto y que no está dispuesto a dar un paso al costado.
Pero el presidente también hace retoques para disminuir el desgaste, porque lo saca a Adorni de la vocería para colocar a Adrián Ravier, un economista de la escuela austríaca de perfil bajo.
La política de las esperanzas
Con cada vez menor racionalidad en sus cálculos, Milei confiaría en que a último momento la ofensiva opositora fracase y esto desarticule a toda la oposición.
Pero el misterio principal es qué hará Ariel Lijo. Casi no hay dudas de que, si el Congreso lo remueve, lo citaría rápidamente a Adprni. Y si no alcanzan los votos para la remoción, hasta después de la feria judicial. Pero hay una posibilidad: que el Senado remueva a Adorni y Diputados tarde en pronunciarse. Entonces la crisis se profundizaría y posiblemente el gobierno se debilite aún más.
Después de la ratificación de Adorni que se espera hoy en Rosario, echarlo se vuelve un sin sentido para Milei.
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