Por Hugo Modesto Izurdiaga.-
Todo tiene un límite. Nuestro presidente debería expresarse de manera cordial y diplomática. En su disertación en la Fundación Faro (agosto de 2025), manifestó que iba a dejar de insultar. El cambio discursivo duró muy poco. Lejos de suavizar su tono, volvió a descalificar a quienes no coinciden con sus ideales, llámense gobiernos extranjeros, artistas, gobernadores, científicos o periodistas. El líder de La Libertad Avanza deberá comprender y aceptar que aquel que piensa distinto a él no es su enemigo político. De un jefe de Estado se requiere un vocabulario limpio. Se puede ser un líder fuerte y combativo siendo, al mismo tiempo, una persona educada y respetuosa. En democracia, gobernar es un arte por el cual resulta imperativo dialogar respetuosamente con el que opina diferente. Sin embargo, la diplomacia brilla por su ausencia; lo suyo parece una estrategia de eterna confrontación. Según un informe del diario La Nación (5 de agosto de 2025), en su primer año de gestión el mandatario emitió 4149 insultos y descalificaciones. «La República necesita una armonía de la que carece el discurso oficial». Sr. Javier Milei: ¿Podrá usted llegar a debatir sin ofender ni atacar a los demás?
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