Por Italo Pallotti.-

En esta Argentina nuestra esa por la que tantos, en viejos tiempos, intentaron mejorarla nos encontramos cada día con la sorpresa, o no, de que algunas cosas han tomado un camino de esos que nadie quiere para si y de paso, si quiere a su país, para toda la sociedad. La política, la cultura, en definitiva todo lo que hace al sostenimiento del cuerpo social  da la sensación que ha subido a un tren con destino incierto. Nada le dice que su futuro tiene proyección y final seguro. Poco le interesa al conjunto si las decisiones que se toman tienen la legítima representatividad o es simplemente un cumplir mandatos impuestos, sin otras motivaciones. Hay un desencanto político que da la sensación ser percibido por la clase gobernante para quedar aletargado en el tiempo. Como esperando que se cumplan los términos del mandato. Es obvio que detrás de cada ciudadano de bien debe residir, necesariamente, la imperiosa cuota de sentido común para, con su comportamiento, ayudar al conjunto de la sociedad a realizarse como tal. De lo contrario, en la medida que abandonemos premisas elementales de acción nos vamos hundiendo en un terreno infértil y como consecuencia todo lo que individualmente haga, cualquiera sea el lugar que ocupa, lo vaya colocando en la antípodas de lo que realmente corresponde, Esa especie de apatía social, creo, nos está pasando una factura la que pasarán años para que pueda ser saldada.

Cierto es que hay una realidad que llegó para quedarse. Una juventud despreocupada de su entorno. Incapaz de sostener con argumentos valederos la exigencia a las decisiones que toman las autoridades, frente al interrogante de ese estado de cosas, la respuesta, casi de manual, es “no me interesa la política”. Por otro lado cuando se le advierte de los peligros del abandono ante el interés por la cosa pública y los responsables de manejarla, la decisión que parece advertirse es un “para qué, si son todos iguales”.

Subyace en el criterio de tantos ciudadanos la desesperanza por llegar a entender que el abandono de métodos sustentables del juicio, por distintos medios, a la acción de los gobiernos en algún momento tiene afectos, lamentablemente para mal muchas veces, lo que complica más aún la realidad que lo circunda. El voto, en desesperación, por el ¡”menos peor”, ha traído al país enormes problemas y una desilusión generalizada. El desencanto y la impotencia, añaden incertidumbre, cerrando el sendero a salidas más o menos certeras. Es como esas cosas simples, pero hechas a las apuradas, que no sirven sino a nuevas frustraciones. El tiempo sigue su curso inexorable. Su veredicto implacable generó por décadas pésimas experiencias.

Dicho esto, hay hechos puntuales cuya repetición por lo grosero e inaudito ponen a la institucionalidad del país en una sintonía de muy mal gusto. Las desavenencias, peleas, disconformismo con las políticas aplicadas o como quiera llamarse entre los Presidentes y sus Vice ha tornado a la especie como desafortunada y nociva para el ejercicio del poder. La historia reciente (décadas) es desagradable por donde se la analice. Distintas posturas. Políticas disímiles. Principios de autoridad, supuestamente, mal manejados, matices dispersos en la forma de ejercer el poder, o simplemente la creencia que los Vice” sirven sólo para tocar la campanita del Senado” (Sarmiento dixit), oscurecen ante la ciudadanía la imagen de un binomio que debería ser coherente y ajustado a derecho, por ser simple en el análisis. Los que ejercen el derecho al voto popular, lo hacen convencidos que la cohesión de ambas figuras (Presidente y Vice) da garantía de sustentabilidad a una tarea por demás encomiable. Los hechos demuestran lo contrario, desafortunadamente. Fueron ya muchos (salvo una mínima excepción). Los entornos y las posibles derivaciones son incompatibles con el buen accionar. La torpeza en los procederes molesta y abruma. Hoy son los actuales (Millei-Villarruel). El pueblo absorto, aunque acostumbrado, merece otra visión que se proyecte desde lo alto del poder. Todo lleva a expresar lo del título: ¿Hasta cuándo?

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