Por Luis Alejandro Rizzi.-

Una de las cuestiones del derecho y de la economía argentina tiene que ver con la permanente pérdida del valor del dinero. Me refiero a la relación entre su valor nominal y el real, o lo que se llama como “unidad de cuenta”.

A diferencia de otras unidades de medida, como el sistema métrico o de pesas, que se mantienen fijas a lo largo de los años, la del dinero varía permanentemente

Sin embargo, nos podemos llevar sorpresas. En el transporte aéreo, el valor nominal de los billetes, en especial en la clase “economy”, se mantiene igual o menor que hace 50 años. Me refiero a los viajes internacionales de largo recorrido. Si lo despojáramos de los impuestos que gravan al billete aéreo y el incremento de la TUA, hoy en Argentina tiene un precio de u$s 59.00; el precio final sería menor. Lo mismo ocurre con las comunicaciones, que hoy incluso se pueden establecer sin costo.

En cuanto al precio de la hotelería, siempre medido en dólares, su valor se multiplicó por 10, o más, en el mismo lapso.

Con este ejemplo mostramos que el valor real del dinero varía, lo afirmo como principio, no por un tema monetario sino por la variación de los costos de fabricación de los bienes y de prestación de los servicios.

Un dólar, si lo comparamos con el transporte aéreo, hoy tiene un valor real superior al de hace 50 años; pero si lo hacemos con el de la hotelería, vale 10 o más veces menos.

En sanos principios, y simplificando al extremo, el valor del dinero se relaciona con el costo de producción o prestación de bienes o de servicios.

Hoy se da la paradoja de que, en general, no hay monedas convertibles; todas son de “curso forzoso”.

La moneda hoy es netamente fiduciaria, y su valor comparativo entre ese tipo de monedas es lo que llamamos “tipo de cambio”.

Llegando a un punto extremadamente simple, el valor real de la moneda depende de la confianza que se tiene en su emisor, con independencia de la cantidad de moneda que se emita y del resultado de su cuenta corriente externa.

El FMI tiene una unidad de medida que es el DEG, una canasta de cinco monedas, que se supone son las más confiables internacionalmente, y se corresponden con el volumen de sus economías.

Las monedas que conforman el DEG no se contabilizan en partes iguales sino en diferentes proporciones. El dólar conforma el 41% de esa canasta de monedas, su valor es un promedio de la cotización de esas cinco monedas entre sí. Es un promedio de su relación de cambio.

El caso de nuestro país es especial. La moneda pierde valor, diría diariamente, salvo el lapso de la convertibilidad, en el que se eliminó el “curso forzoso”, estableciéndose una paridad fija de relación de cambio, que obviamente terminó con la emisión desenfrenada.

Nuestro peso perdió trece ceros desde 1968, no sólo por causa de la emisión, sino por la imposibilidad permanente de cumplir con los pagos externos en el tiempo convenido, y por la sofística creencia de que la impresión de dinero creaba riqueza o, mejor dicho, llenaba los bolsillos.

Nuestra moneda careció y carece de valor fiduciario. El gran error de la convertibilidad fue el de establecer una relación de cambio fija, que “fortalecía nuestro peso” sólo nominalmente; así se abarataban los precios en moneda extranjera. Se promovía el gasto en el exterior y se restringía en el país.

Hoy cometemos el mismo error, claro está, si bien sin tipo de cambio fijo, pero limitándolo entre bandas máximas y mínimas, el sistema de control de cambios y cepo parcial.

En esa línea, tiene poco sentido que el Banco Central acumule dólares para frenar eventuales corridas; en realidad las estaría financiando por adelantado, o promoviendo.

De ese modo, el valor fiduciario del peso cada día es un poco menor.

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