Por Paul Battistón.-

La alegría por algo que no se va es interesante. Es una especie de conservadurismo del instante sin importar si la suma del mismo y de los instantes previos logran en su traza conservar el momento o esconden una tendencia desplazando todo subrepticiamente.

De analogías se estiman adelantos de posibles conclusiones. Una continuidad premiada en el instante que las advertencias de su propio resquebrajamiento insinuaban una alarma de atención es algo fácilmente rescatable a la memoria en nuestro reciente trajín como país carnavalesco. La mayor euforia ejercida a sólo dos pasos de distancia del inicio de un cepo fue, sin dudas, ese triunfo electoral de CFK en 2011, cuando saltó sobre su propio final apagando alarmas y desconectando indicadores en el bullicio de su 54% adherido a los festejos de una continuidad, que lo sería de la tendencia y no del cuadro de la viñeta. Sólo como dato curioso, el padrón había crecido exageradamente por encima de la media de crecimiento habitual (innecesariamente). Ese día quedó clara la afirmación poética de Charly García con respecto a que la alegría no era sólo brasilera.

El carnaval surgió anticipadamente y la felicidad es genuina. ¿Cómo no ser feliz si se logró la continuidad de esos instantes de maravilloso deslumbramiento y constante algarabía del tumulto en agitación? ¿Cómo no demostrar conformidad eufórica si el padre consolador se quedará para proveer?

El crecimiento estimado de Brasil en un 2,2% (escaso para semejante tamaño de economía) ya no se cumplirá por defecto; la algarabía fue coincidente con una acentuación de esa tendencia no remarcada por los momentos hasta ahora convincentes de correcto bienestar. Ya fue dada a conocer la maravillosa teoría por parte de los medios de divulgación específica (anti periodismo) de que el repentino empeoramiento de los números se debe a la alta expectativa que había de un triunfo de Bolsonaro.

Lula deberá afrontar la herencia de Lula. Contradecirse y corregir o reafirmarse y resistir. La refinanciación del endeudamiento de los privados, la disminución de la jornada laboral, el transporte gratis y el primer pequeño cepo (una tarjeta de crédito por persona) son algunas de las medidas con que Lula saltó al otro lado de su nueva versión recargada. En su gran recorrido inter balotaje ha informado personalmente a sus votantes que vuelve mejor. Siempre se vuelve mejor y esto es lo que subjetivamente suele empeorar la cosa. Lula ha trazado una Tordesillas ideológica corroborada por sus acercamientos que sumará inconvenientes a Brasil más de los que él mismo comienza a crear con encierros de formatos regulatorios. El Foro de Sao Paulo se encierra o mejor dicho encierra a Brasil.

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