Por Italo Pallotti.-
En esta Argentina nuestra, tan a contramano de las cosas serias, rigurosas, hay una parte importante de la sociedad que se ha ido olvidando de principios, aunque en apariencia intrascendentes, que le son importantes para el manejo de su vida diaria. Una especie de cultura del “no me importa” han ido transformando al hombre común en una especie de “chirolita”, fácil de manejar; un sinónimo de veleta que según corra el viento, orienta sus procederes. Un autómata infeliz que va perdiendo su imagen en la medida que no recapacite y comprenda que se va transformando en un esclavo de las mayorías o minorías, según el caso. Porque estas no suelen respetar los valores del semejante. No dudan, en sus mensajes erráticos, banalizar la conducta ajena de un modo tan superficial a veces, como grosero en otras, para finalmente sujetarlo en una especie de telaraña que obnubila toda posibilidad de toma de conciencia o razonamiento propio.
Lo antedicho lo llevan, de una manera inconsciente a cometer errores, faltas graves de conducta o simplemente desvalorizarse de tal manera que más bien parece una porción insignificante del cuerpo social. En este contexto ya nada parece importar. Todo secuestrado en una fase de irresponsabilidades, capaz de las acciones más repudiables. Esto no solo ya en niveles bajos de la sociedad, sino por el contrario, y por motivos de intereses mezquinos, por influencias malsanas y falta de pensamientos claros se corre el riesgo, aunque muchas veces con propósitos inconfesables, caer en la trampa de sujetos diestros en malversar conductas ajenas.
Como siempre ha ocurrido en los planos más altos de las clases gobernantes se han dado dos fenómenos claramente identificados. Los que son víctimas de aquellos que encumbrados en el poder los utilizan para cumplir papeles de menor cuantía (piqueteros, dirigentes barriales, cooperativas de dudosos orígenes) y los otros qué subidos a la máquina del poderoso hombre público, con una inescrupulosidad que asusta, se las “ingenian” de un modo subrepticio o descarado, en un momento poco suele importar, aprovechando los resortes del Estado y el poder que este genera, cometer las fechorías más escandalosas. La moral, en estas instancias, ya no tiene valor. Las buenas practicas, prostituidas, sin miramientos. Muchas veces la condición burocrática del poder, convierte en cómplices, en apariencia “obligados”, a funcionarios que sostenían imágenes de honestos; o por lo menos bien disimuladas.
Los últimos tiempos (y en el pasado reciente) el país se ha visto conmovido por actos de corrupción de una magnitud, casi inimaginable. El gobierno anterior parece haber sembrado la semilla de estos comportamientos. La Justicia, en otras instancias como adormecida, de una manera muy reprochable, parece haber despertado frontalmente en el juzgamiento de algunos casos de resonancia pública notoria y sensacionalista (caso Adorni y ahora como hecho nuevo, su hermano). Claro está que estos casos se suman a tantos otros que incluyen a una cantidad de hombres y mujeres ya no sólo de la política, sino del deporte, la Justicia y otras actividades con un manto de sospecha, falta de confianza, incredulidad, de lo que nadie parece salir airoso. Los artilugios para zafar de ese clima son, a veces, de lo más desopilantes; pero en el fondo dan tristeza y dolor. Cada uno se las ingenia para evadir el “entuerto”. Frente a ello hay una brecha que se agranda cada vez más, como se dice en el título de la nota: “Entre la sospecha y la verdad, la mentira ronda”. Este mecanismo impulsa al hombre a buscar recovecos para escamotear lo verdadero. El triunfo de esto último, entonces, se hace cada día más lejano.
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