Por Italo Pallotti.-
En esta Argentina nuestra, a la que hemos rodeado, a través de décadas, de una angustiante paciencia, no podemos menos que pedirle perdón. Porque no ha sido suficiente ese silencioso y perdurable esfuerzo de ser permisivo y tolerante para que las cosas se encaminaran de un modo que fuera la puerta de entrada a un país en serio. Creador de una sociedad con solidez patriótica. No esa que se expresa de tanto en tanto en una celebración cívica (Mayo, Julio), en una aglomeración circunstancial y de “amuchamiento” (muerte del Indio Solari; Messi y la Selección;. F1 y Colapinto), sino aquella que tiene en la unión verdadera de los ciudadanos un sentido de nacionalidad y patriotismo sólido, valedero y profundo, con raíces de sentimientos verdaderamente auténticos. Con intención en la búsqueda del sentido solidario, responsable y noble capaz de crear un contrato social que sirva a todos. Sin mezquindades. Gestor de una cultura que se evidencie con mentalidad de progreso colectivo.
Hemos vivido en un micromundo donde sociedad y gobierno vivimos aturdidos por el presente. No siempre claro; despejado de ansiedades. Todo lo contrario. Siempre hubo una especie de mano negra que obnubiló algún intento que las cosas fueran distintas; pensando en un futuro que nos contuviera a todos. Un intento fallido, fue la consecuencia. Construir en décadas pésimos gobiernos, producto de un pueblo que por ignorancia, complicidad o mezquinos intereses los votó una y otra vez, sin advertir que esa especie de rémora incrustada en la ciudadanía, ya sea producto del clientelismo, el fanatismo o simplemente por ser víctima del engaño o bien por hacerlo, tantas veces, por “el menos peor”. Por esto, y otros factores –irrelevantes unos, poderosos y destructivos otros- de la mano de los más descarados comportamientos; sin siquiera, en tantos casos ni la historia, ni las conductas de muchos advirtieran y buscaran paliativos para ir en búsqueda de un país que pudiera calificarse de normal.
Por lo expresado, de tanto en tanto, cuando algún atisbo nos muestra que las cosas pueden encaminarse, un nuevo cimbronazo sacude la paz y todo pasa a ser del modo “más de lo mismo”. En estos tiempos hay un pueblo que se debate en la esperanza que aparezcan hombres y mujeres que definitivamente tomen conciencia que la nación es una piedra preciosa, puesta a su resguardo, a la que debe cuidarse con prolijidad, con sabiduría e inteligencia; pero sobre todo con la mira puesta en el bien común.
De momento, todo parece girar en torno a acciones que nos llenan a un escenario de vergüenza. Los nuevos que nos gobiernan por viejas mañas heredades, o vaya uno a saber porqué, con conductas que en nada enriquecen sus procederes. El caso Adorni (en “capilla”); la ruptura de relaciones en la cúpula del poder (Milei-Villarruel), las incomprensibles tramas e intrigas en el ámbito del Congreso -ambas Cámaras- (falta de quorum, presuntos “arreglos” entre amigos y enemigos, sesiones que se malogran de manera insólita-o no, quién lo sabe-, disputas entre viejos aliados, más otras “perlitas”) conforman un bochornoso espectáculo. Por otro lado, los “renacimientos“ de viejas causas judiciales, más la aparición, al parecer, de nuevas “rosaditas” (Caso Insaurralde-Cirio, otro dúo en capilla). Todo esto para finalmente decir, sin dudas, que todo lo que se descubre por aquí es lo que faltó, por desgracia, en aportes para otros en su sufriente, irracional y proverbial padecimiento de las clases más desprotegidas de la sociedad. Lo expuesto lleva a manifestar lo del título: “Entre las rarezas y las complicidades”. Una sentencia que un día deberá concluir.
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