Por José Luis Milia.-
Algún día tendremos que admitirlo, Argentina es una fábrica de mitos, y, como fábrica de mitos, no tiene historia, porque necesitó convertirla en religión, en una línea de montaje que transforma fracasos en epopeyas y a seres mediocres en próceres de utilería. No por nada uno de los acorazados más importantes de la Armada se llamó Rivadavia, el mismo que se llevó a sus bolsillos un cuarto del empréstito de la Baring. El otro…, Mariano Moreno. Acá, la mediocridad, la ignorancia, la corrupción vienen con placa recordatoria.
La mentira cambia de disfraz según la década; el Cabildo que nadie vio, el 25 de Mayo bajo lluvia inventada, la revolución de cuatro porteños vendida como despertar continental para tapar 1806 y 1807. La “Argentina Federal” con la aduana en Buenos Aires; Caseros, o la revancha brasileña de Ituzaingó y El Juncal, diseñada para que Urquiza dejara su dignidad en el barro de Pavón. La república conservadora de Roca y Pellegrini, abortada en 1916 por la misma clase media que ellos habían multiplicado del 9,46% al 25,6%.
Después llegó la Reforma Universitaria, santuario de fósiles que confunden inmovilidad con inteligencia, y la Patagonia Rebelde, donde ningún sabihondo explica por qué los huelguistas tenían fusiles chilenos mientras Chile militarizaba Punta Arenas. Como contrapeso, Lugones y su Hora de la Espada, que trece años después no sabía ni qué hora era y sólo sirvió para que la derecha, nosotros, creyera que un golpe militar resolvía el avispero.
Todo eso desembocó en una copia “flor de ceibo” del fascismo mussoliniano. El peronismo oscilante, obsecuente y corrupto, y luego los golpes, la “juventud maravillosa”, las redenciones de cotillón, los relatos democráticos y los últimos cuarenta y tres años de decadencia administrada, con una desmalvinización infame y persiguiendo a las Fuerzas Armadas, una republiqueta donde los que defendieron la patria de la subversión están presos hasta la muerte y cada fracaso se maquilla con palabras más lindas que los resultados.
Porque acá los políticos fabrican consignas, no productividad, ni industria en serio, ni rutas ni puertos. Cada generación recibe un catecismo nuevo, lo recita y se sorprende cuando el país sigue clavado en el mismo pantano.
Mientras tanto, Brasil, que en 1916 tenía un PBI que era el 72% del argentino, no perdió tiempo mostrando a mariquita Sánchez cantando el himno. Ipiranga fue un grito, no una religión. Después vinieron las industrias, los astilleros, la aeronáutica, el petróleo del mar, el Saab Gripen, el submarino nuclear y políticas de Estado que sobreviven incluso a cambio de gobierno que de darse en Argentina nos llevarían a una guerra civil.
Nosotros seguimos discutiendo leyendas del siglo XIX, como si una nota al pie pudiera convertirnos en potencia. Y así seguiremos, hasta que nuestra devoción por el relato termine de hacer lo que dos siglos de incompetencia apenas empezaron, desarmar un país que nunca decidió si quería ser una nación o simplemente un territorio condenado a desintegrarse, más temprano que tarde, por acción de sus políticos.
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