Por Luis Alejandro Rizzi

Recuerdo una de las pocas charlas que llegué a tener con Marcelo Sánchez Sorondo. Fue en mayo de 1958, pocos días después que asumiera Arturo Frondizi y después que escribiera en su columna del periódico “Azul y Blanco”, donde describió esa distancia que se notó en la “Plaza de Mayo” entre el presidente y la gente.

En esa charla, Marcelo, perdón por la confianza, nos habló de la mínima distancia que debía haber entre el poder político institucional y la gente, y él notó que, en el acto de asunción, Frondizi aparecía como lejano. “Esto es grave después de Perón, que sabía identificarse con la gente para bien y para mal. “Pero”, continuó Marcelo, “compartía el latido de las multitudes, como volvió a ocurrir en 1973, que ganó por amplia mayoría.”

Pienso que Alfonsín compartió ese “latido”. En su campaña de 1983, fui testigo presencial de su auténtica convicción, que como conté más de una vez, no compartía su círculo íntimo, que pensaba “Pobre Raúl, cree que va a ganar”.

Alfonsín, no me animó a llamarlo Raúl, no tuve ni tengo militancia radical; creía sólo en la política, era su único fin, y logró consolidar ese fin. El lapso político que inició el 10 de diciembre de 1983, pese a los malos gobiernos, cada día se ve más fortalecido, por lo menos en las formas.

Visto en la perspectiva y la sabiduría que dan los años, Alfonsín, hasta ahora fue el único triunfador genuino. Entró en la historia, por sí mismo.

Venía a cuento este prólogo, porque Javier Milei sólo tuvo con un segmento social un nivel de cercanía, que llamaría “tóxico”; interpretó ese deseo anárquico del que se opone, pero no sabe lo que quiere. Sería el hombre “masa y vulgar” de Ortega o la “contrademocracia” de la que escribió Rosanvallon. También podríamos incluir a Zygmunt Bauman, en su descripción de la “liquidez” cultural.

Cuando la vulgaridad se instala en las sociedades, comienzan las decadencias de las épocas.

Luis Caputo llamó “tarados” a quienes se lamentan por la caída de la industria. Milei insulta a presidentes extranjeros y maltrata a los morosos, a lo que también se sumó Luis Caputo. Se legisla “contra el odio” para extranjeros -decreto 681/26-, pero aquí el odio es una moneda político-cultural de curso legal y forzoso.

Milei sólo comparte el latido del odio de un 30 por ciento de la sociedad, sería imposible que reelija.

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