Por Luis Alejandro Rizzi.-
“Con sus moralinas, falsas morales”.
En las charlas que solía tener con el cura Julio Menvielle, en la “casa de retiros”, defendía la idea de que la política era una ciencia moral, como asimismo lo era la economía.
En una de las charlas allí en la Avenida Independencia, me regaló un ejemplar de su libro “Concepción católica de la política”, que empecé a leer en el metro de la línea “C” para combinar en Lima con la “A”, entre la estación Independencia y Avenida de mayo, marqué este párrafo: “La política debe servir al hombre…” De aquí que sea esencial, en la portada de este libro, indicar qué es el hombre. Porque es manifiestamente claro que no puede ser igual la concepción de la política si hacemos del hombre un simple ejemplar de la escala zoológica que si hacemos de él un ser iluminado por la luz de la razón, con un destino eterno.
Lo vengo repitiendo, más allá de mi declarado agnosticismo, al cristianismo lo considero como una filosofía de vida.
Omito eso del “destino eterno”; es suficiente con que la vida sea un destino efímero, pero nunca tuve duda alguna que la política nos debe servir a todos y cada uno de nosotros respetando nuestras diferencias con relación a los diferentes contenidos bienes naturales recibidos.
Principio que también comparte la genuina doctrina liberal, sintetizada por John Rawls en el principio de la diferencia como principio de justicia.
Por esas razones adopté como definición de la política, el concepto de Santo Tomás sobre la ley, trata “de una ordenación racional, promulgada por quien tiene a su cargo el gobierno para la promoción del bien común”.
No he encontrado una mejor definición de la política que supere ese concepto, que también, en mi opinión, es más de ciencia política que de teología. Recordemos que el tratado de la ley (terrena o humana), está incluido en la Suma Teológica.
Vino a cuenta esta introducción para escrutar a la familia Milei. Es difícil distinguir entre ellos, el contenido moral de su gobierno y de la variopinta oposición.
Las últimas dos sesiones del Congreso, la primera en Senadores y la segunda en Diputados, nos dejaron una triste imagen. No sólo por la trampita en torno al artículo 44 del proyecto, que modificaba el sistema remunerativo de las enfermedades inculpables, sino por las acciones de diputados opositores que intentaron interrumpir la sesión.
Mas allá de esas impertinencias, ni siquiera llegan al nivel de “travesura”, fue notoria la incapacidad para proponer alternativas y debatir sobre las cuestiones que plantea la vida laboral.
Esto último vale también para el oficialismo, que limitó la reforma a “cuestiones de precio”.
La reforma no fue pensada en el hombre, como lo proponía Menvielle, sino en las cajas, y en las mezquindades de la vida laboral.
En esa aridez política sólo se destacan las internas del gobierno, que como la oposición tropieza permanentemente con sus propias miserias.
Sin propósito moral hay gobiernos, con más o menos poder, pero no hay institucionalidad.
Ésta es la crisis argentina y de casi todos los gobiernos de Occidente.
En definitiva, es el avance de la incultura y la vulgaridad.
Las masas nos gobiernan con sus moralinas, la falsa moral. Es el moralinismo.
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