Por José Luis Milia.-

Horacio Rodríguez Larreta es un espécimen raro dentro de la fauna política argentina. Mientras la mayoría de sus colegas -esa mezcla delirante entre el Viejo Vizcacha y Bairoletto- son capaces de improvisar un asado bajo el agua y, de paso, olfatear el humor social como perros de caza, él se distingue por lo contrario, una decidida incapacidad para percibir lo que siente la gente, porque, hace falta una vocación casi heroica por el ridículo para convertir una derrota aplastante frente a Patricia Bullrich en 2023 en una señal de “insistir un poco más”.

La gente le dijo no. No fue un no tibio o dudoso, fue un no rotundo. Y sin embargo ahí está, reciclándose con la elasticidad moral de un cargo a otro, de candidato a presidente a legislador “provincial”, y ahora otra vez aspirante a jefe de Gobierno. No es resiliencia, es adicción al Estado. Una incapacidad total para concebir la vida fuera del presupuesto público.

Y lo más extraordinario es que pretende volver apoyado en una gestión que fue un catálogo de desorden elevado a política pública; piquetes eternos que convertían las calles de la Ciudad en un estacionamiento perpetuo, manteros apropiándose de veredas mientras los comerciantes legales hacían de extras en su propia ruina, bicisendas vacías dibujadas como caprichos de urbanista ocioso, basura acumulada con vocación de paisaje y veredas tapizadas de excremento canino y baldosas rotas. A eso se sumó la insólita idea de premiar la usurpación con títulos de propiedad, como si violar la ley fuera un atajo administrativo. Eso fue la “modernización”, según Larreta, un simulacro caro, sucio e inútil.

Pero lo verdaderamente admirable es su incomprensión social. Mientras los ciudadanos reclamaban orden, él ofrecía tolerancia; frente al hartazgo, proponía pedagogía social. Su lógica fue siempre la misma, no incomodar al infractor, aunque eso implique abandonar al que cumple. Una pedagogía del desorden que solo podía terminar como terminó, con su derrota. Y, aparentemente, con su aprendizaje nulo.

Recordemos, además, que endeudó la Ciudad para financiar su fantasía presidencial, imitando a su amigo, Sergio Massa, que en la misma carrera llevó a la república a las orillas de la hiperinflación. Y, por supuesto, gobernando la Ciudad con la cabeza en otro lado.

Ahora vuelve como si nada, como si la memoria fuera un defecto del electorado. La pregunta ya ni siquiera es política, es laboral: Horacio, ¿nunca pensaste en trabajar? Pero trabajar en serio, fuera del Estado. Aunque claro, eso implicaría medirse sin red. Y eso, para alguien que hizo de la política su modo de subsistencia permanente, debe ser una idea francamente aterradora.

(*) Garlos Gardel y Alfredo Le Pera. Cuesta abajo. Tango.

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