Por Luis Alejandro Rizzi.-

(Hace 68 años asumía la presidencia Arturo Frondizi, recordémoslo).

Marcelo Bonelli, en el diario “Clarín”, da cuenta de que “Atlas-Intel compara la situación en cinco países: Argentina, Brasil, Colombia, México y Perú. Dice lo siguiente: “La aprobación de Milei en abril tiene el valor más bajo desde que asumió su cargo… Sólo un 35,5% aprueba la gestión y un 63% desaprueba a Milei”.

El gobierno de Milei funciona con todos los perfiles y vicios de los gobiernos de facto; comienzan con apoyo popular expreso o tácito y terminan exhaustos y repudiados.

El 23 de septiembre de 1955, la plaza de mayo y adyacencias fue copada por una multitud en apoyo a la llamada “Revolución Libertadora”, que terminó el 30 de abril de 1958, en medio de un desgate total y divisiones internas que socavaron su presunta legitimidad.

En ese lapso se fusiló y asesinó y Américo Ghioldi, representante de una izquierda presuntamente ilustrada, decía “letra con sangre entra”.

EL 1 de mayo de ese año asumía Arturo Frondizi, finalmente destituido en 1962, víctima del internismo militar y de sus propias indecisiones. que resultan comprensibles en la perspectiva del tiempo, porque, en definitiva, su triunfo electoral fue también un triunfo del peronismo.

Si bien este gobierno de Milei y su hermana, cuando menos víctimas de una neurosis extrema y con algún rasgo de psicosis, no fusila con armas, lo hace mediante el lenguaje; sólo saben odiar, agraviar y descalificar; se creen providenciales e infalibles, uno de sus delirios, y los resultados están a la vista, carecen de gestión y logran un supuesto superávit fiscal, contrayendo deuda y por haber cancelado la inversión en capital y afectado el financiamiento de servicios esenciales.

Los hermanos Milei están sitiados por sus internas y por hacer virtud de la obsecuencia y dogma de la “obediencia debida”.

El gobierno de facto encabezado por el general Juan Carlos Onganía fue recibido por la sociedad como necesario, usó un título pomposo para justificar su legitimidad y terminó en 1973 en Héctor Cámpora, que fue una real farsa de la tragedia nacional.

Finalmente, el Proceso de Reorganización nacional de marzo de 1976, que también contó con apoyo social, terminó por sus divisiones internas, perdió en su propio oficio -la guerra- y sus protagonistas terminaron procesados y condenados.

Tampoco terminaron bien los gobiernos democráticos que contaron con mayorías parlamentarias, excluyo el lapso de Néstor Kircher, me refiero a los dos períodos de Cristina, que fue vencida en 2015 por esa extraña coalición sólo electoral, que fue “Cambiemos”, para volver con algo de maquillaje en 2019 con la máscara de Alberto Fernández, que terminó hervido en sus propias internas.

El internismo político sólo lo supo controlar Néstor Kirchner, que como dice Jorge Asís, cometió el tremendo error de morirse.

El internismo también demolió por dentro al gobierno de Raúl Alfonsín, como lo explicó Torre en su libro sobre el “quinto piso”, y fue más patético con Fernando de la Rúa.

Carlos Menem pudo controlar su gobierno hasta que se produjo su enfrentamiento con Domingo Cavallo.

Menem estuvo preso y lo está ahora Cristina.

Estos dos, como los gobiernos de facto, quisieron ir por todo, como lo pretende ahora Milei, y la historia reciente nos pone en evidencia que la sociedad al fin de cuentas no quiere ese tipo de gobierno.

Milei ganó en 2023 porque preanunciaba que gobernaría mediante DNU, es decir gobernaría “de facto” y el encanto del poder desmesurado, atractivo en origen, está terminando en repudio social.

La Argentina carece de eso de lo que tanto habló Ortega, en la Argentina, no se sabe mandar y se ignora el concepto de “autoridad”, como factor de certeza, seguridad e idoneidad.

Vivimos en “vísperas”.

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