Por Italo Pallotti.-
En esta Argentina nuestra, tan de manual, tan proclive a mostrarnos siempre las mismas caras de una realidad que parece resistirse a cambiar, está siempre embarcada en una nave para nada dispuesta a llevarnos a un puerto que ofrezca seguridad a los ciudadanos. Todos los días inmersos en una monotonía de lo conocido por lo absurdo, por lo encaminado a un destino que no termina de mostrar las secuencias necesarias para ilusionarse con lo deseado, al menos, por una mayoría. Son tiempos en los que el protagonismo de los que, aunque no sea del agrado de muchos, deben manejar los hilos de la política, se encuentra paralizado. Un episodio, aunque intrascendente, cobra un interés, o se lo magnifica intencionalmente, que tiene aristas propias de un hecho fundamental. Al final, como en un juego perverso, todo queda en la nada. Cuando desaparece de los primeros planos de la prensa se entra en estado de amnesia. Y esto porque otro tema, tan irrelevante como el anterior, tiene el mismo destino. Una maquinaria de la que participan el gobierno, algunos medios de prensa, la Justicia y una apatía popular hacen que tenga un curso de olvido. Seguramente, mucho tiempo después, se lo saque del sarcófago para, pareciera, mover la modorra de un pueblo acostumbrado a consumir viejas historias que, en el mejor de los casos, apenas si tendrá una efímera vida en el interés colectivo.
Mientras, hay una teoría del engaño y el olvido que se ha hecho crónico. Delitos de una magnitud, sí de alto impacto, parecen destinados a dormir, por muchos años, en los Tribunales. Tantas veces la muerte de los procesados pone final a la causa. Y de pronto, una situación de escasa relevancia, pero de interés colectivo fogoneada quirúrgicamente para que así sea, hace crecer un interés superlativo; aunque finalmente termine en la nada. Porque para eso somos expertos. La verdad, a esta altura, es la gran escamoteada en el escenario de un terreno en el que siempre hay factores y actores dispuestos a buscarle un atajo que la tenga en la incertidumbre, muchas veces, buscando el sendero para sacarla de los medios. Una rutina, casi un vicio, le da forma a un síntoma de enturbiar las aguas para quitarle cristalinidad a los hechos que interesan siempre a la sociedad. Esta se queda huérfana de realismo, de credibilidad; porque lo temporal muere frente a la incompetencia, o simplemente al no dejar certezas sobre los temas importantes. Tanto se esconde y se manipula que el no creer en nada, ya como síntoma impuesto a fuego, termina por sepultar todo; porque intereses, siempre ocultos, tratan de darle ese final. Al menos, parece serlo así de doloroso.
Dicho esto, una brutal catarata de cosas incomprensibles tiñen de intranquilidad la paz mental y psicológica de una ciudadanía que se ve sometida al tratamiento descortés, grosero y condenable de funcionarios que deberían, por sus cargos, ser ejemplo frente al cuerpo social. Todo al revés. El Congreso, lugar de privilegio para muchos ciudadanos como uno, producto del voto popular, no se cuidan de exponer argumentos de valía, sino la exposición fanática, interesada y vulgar dilapidan el prestigio que debe otorgar una banca. La autoridad ética bastardeada impunemente. La legitimidad moral, a la basura, sin atajos. Por el lado del Sindicalismo, con el viejo y remanido argumento de la “defensa de los derechos de los afiliados”, subidos a una tribuna, con el consabido añejo y destartalado discurso amenazador de las políticas públicas del gobierno de turno. Ni la vejez (por la edad, aunque los jóvenes van por el mismo camino) ni la discursiva, igual de vetusta, ofrece nada que no sea el destrato y la prepotencia que orienta a la nada misma. La mugre que dejan al irse, que pagan, entre otros, los afiliados y la gente común aumentan el bochorno. En este entorno, el Presidente, sobre todo en su paso por el Congreso (Caso Adorni), lamentablemente, baja al barro propuesto por la oposición para quienes los principios de la buena política son canibalizados por egoísmos e intereses espurios, cuando no, tantas veces, por la corrupción que se critica en otros. Todo y todos en una irracionalidad que daña, aburre y entristece. Cada cual con su “verdad”. Y como se dice en el título, en una especie de “costumbres insanas” que ningún beneficio aportan. Los problemas, en tanto, gozan de plena salud. Aunque los posibles futuros candidatos (los de siempre, en realidad) preparan las “soluciones mágicas” que no son otra cosa que más de lo mismo
Deja una respuesta