Por Luis Alejandro Rizzi
A veces no es fácil diferenciar la neurosis de la psicopatía. La primera tiene que ver más con trastornos emocionales; la otra es una enfermedad; la primera se trata con terapias y la segunda con medicación.
Recuerdo una vieja definición que escuché en una clase que sintetizaba la diferencia diciendo que el neurótico sufre y el psicópata hace sufrir. Obvio, entre un trastorno y una enfermedad hay grados o niveles de gravedad, incluso podría haber un punto de encuentro.
La cuestión que pretendo plantear es cuando la psicopatía se traslada a la vida pública y a la política, escondida bajo eslóganes y discursos virtuosos.
En general, la psicopatía se da en los extremos de la vida y en este caso en la política.
La expresión “MAGA” de Trump, su objetivo de llevar a Irán a la edad de piedra mediante el uso de violencia extrema, su errática política arancelaria y su desprecio por organismos multilaterales y su comportamiento personal, su divague permanente se ha convertido en una característica atractiva para segmentos sociales que conforman esta llamada “nueva derecha”.
La obsesión por el equilibrio fiscal y el superávit, el uso desmesurado de los DNUs, su agresividad, no ya sólo con la crítica sino con hechos que no logra percibir, es una sintomatología de una vida traumática.
Podría ser el caso de Javier Milei, en el que sadismo político y expresivo parecería que pretende trasferir su padecimiento a los demás como un modo de lavar culpas y purificar pecados; se percibe como un “enviado”.
Su misión celestial es la de conducir el país a un destino divino. Un verdadero delirio.
Benjamín Netanyahu ofrece similares características a los dos anteriores, pero con mayor volumen de poder militar, logrando sumar al propio el que le suministró Donald Trump.
Los tres cuentan con apoyo popular, ganaron elecciones, mostrándose en su auténtica personalidad, ni simularon ni engañaron.
Además, logran con su núcleo duro implementar sus disparatados objetivos, en alguna medida nobles, sin medir las consecuencias o considerándolas como naturales y lógicas. Muchos quedarán en el camino, es así.
Lo peligroso es que esta verdadera “psicosis” fue vestida por supuestos intelectuales, en “bienes culturales y morales”.
Un fin que justifica el uso de cualquier medio.
Milei no puede declarar guerras, a lo sumo grescas domésticas, pero sí sumarse a las iniciadas por otros, pero bajo el ropaje o apariencia grotesca del famoso “Mambrú se fue a la guerra…”
Esta “nueva derecha” es distópica, en el presente, como esperanza de una utopía que sólo es fruto de la propia psicosis.
Es más grave que la sofística, que en definitiva Maritain definió como una “enfermedad del alma”, esta psicosis pretende ser una religión cuando en verdad se trata de un cuadro “psicópata”.
Recuerdo haber leído hace años que para el psicópata el fin justifica los medios, como decíamos más arriba, no siente culpa, puede engañar, robar -aún no se pudo explicar el caso $LIBRA y el sostenimiento de “Adornos”. Y mentir.
No le importa el daño que pueda causar, promete grandes ganancias, es inmune al sentimiento de culpa.
Hay segmentos sociales que son sensibles a este tipo de patologías, en especial en sociedades que se consideran fracasadas, medidas sólo bajo parámetros económicos, pero sin una ponderación integral de las virtudes humanísticas no económicas, que no mide el INDEC, que también ofrece la sociedad argentina.
La llamada “nueva derecha”, una versión del nazi estalinismo. Viktor Orban expresa también la crisis de una sociedad que se ha quedado sin creencias.
Cuando ello ocurre, como decía Chesterton, se cree en cualquier cosa, Trump, Netanyahu, Orban y los Milei, por dar ejemplos concretos.
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