Por Luis Alejandro Rizzi.-

Abelardo de la Espriella, el presidente electo de Colombia, apellido desconocido para muchos, suspendió la transición o el empalme con el gobierno saliente de izquierda, Gustavo Petro.

El momento político es complejo, ya que la elección se resolvió por una diferencia de doscientos mil votos, 12,9 contra 12,7 millones

Obvio, hay acusaciones mutuas que no viene al caso analizar, sino que lo que interesa es el clima político de agonalidad que genera esa ruptura cuando falta un mes para la trasmisión efectiva del “poder”.

No creo que debamos hablar de intolerancia mutua sino más bien de mutua incultura.

La derecha en el mundo ha tomado un giro hacia el dogmatismo religioso, una religión laica que no tolera, paradojalmente, el ateísmo a sus creencias. El opositor no sólo es “objeto de odio”, sino además de condena.

Las religiones suelen ser fundamentalistas, porque se sustentan en dogmas que no admiten ser escrutados. Esta “derecha” que avanza democráticamente, al fin y al cabo, la votan mayorías, no reconoce quizás el único dogma racional, que es el respeto al disenso. Los jefes o capataces de esta “nueva derecha” son providenciales, diría, y además “performáticos” y los opositores son o somos los nuevos herejes de la época.

El tan injustamente denostado “Consenso de Washington” de la pasada década del 90, la última del siglo pasado, consistía en directivas de política con cierto contenido de sentido común.

El principio de disciplina fiscal es una directiva de racionalidad cuya esencia es no financiar gastos corrientes con deuda o emisión monetaria. Puede haber disciplina con superávit o déficit fiscal. No me cansaré de recordar que la “Unión Europea” considera razonable hasta un déficit de cinco puntos de PBI.

Otro principio era la reducción tributaria, pero ampliaba la base de tributación respetando el principio esencial de la “capacidad contributiva y de progresividad”.

Otra directiva se refería al “tipo de cambio”, que debía garantizar objetividad en los mercados internacionales para prevenir desviaciones de comercio debido a ventajas cambiarias circunstanciales.

Hoy en la Argentina existe un control, si se quiere indirecto, sobre el tipo de cambio; lo son las bandas cambiarias y el uso de la tasa de interés para facilitar el ingreso de dólares financieros, garantizando una ganancia que surge entre la tasa de interés y el ritmo de devaluación. Paradojalmente así se impulsa la “productividad financiera” en perjuicio de la “productividad económica”.

La última directiva a la que nos referiremos era la facilitación de la inversión extranjera directa, en especial en los países débiles en infraestructura.

La “nueva derecha” crea dogmas a los que hay que adaptar la vida o la dignidad de la vida, mejor dicho.

Es, en definitiva, el principio macbethiano del fin justifica y legitima los medios.

Si es necesario que haya pobreza para lograr superávit fiscal, habrá pobreza virtuosa.

Si es necesario restringir el acceso gratuito a servicios de educación y salud a los menos favorecidos, así se hará.

Nunca el dogma será un argumento de razón. Y esto es lo que no entiende, o no quiere entender, el gobierno de Javier Milei.

El lunes Caputo presentó su programa financiero, que carece de programa económico, por lo menos fue sincero.

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