Por Otto Schmucler.-
Que después de tres años de inacción absoluta comiencen a peritarse celulares, allanarse lugares, suena tan ridículo como si ahora se organizara una marcha masiva en apoyo de Illía para que no lo derroquen. ¿No les parece, señores jueces, que se acordaron un poco tarde de actuar?
¿Qué van a decirle a la historia y a los ciudadanos hoy? ¿Que estaban evaluando si todas las pistas que les entregaron los fiscales eran reales?
Leía, hoy, una nota de periodismo de investigación (ese que tanto odian los que tienen cositas guardadas en el placard, que no quieren que sean vistas por los demás) sobre el tema Insaurralde. En ella aparecen con nombre abogados, funcionarios y, sin nombrar, muchos otros personajes que hacen que uno sienta verdadero asco hacia esta gentuza enquistada en todos los recovecos de la justicia, gente despreciable, que vive de favores y entramados, modelo Chocolate Rigau.
Así es que, si usted quiere saber lo que es sentir “asco”, no es necesario que recurra a la IA; con que lea la nota de Daniel Santoro sobre la oficina oculta que tiene Martín Insaurralde frente a Tribunales, va a sentir en carne propia lo que es el asco. No se asuste, es el rechazo inmediato, la necesidad de alejarse del estímulo que nos puede degradar.
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