Por Luis Alejandro Rizzi.-
“Una sola razón es la que impidió que Morgan Stanley Capital International (MSCI) revise la calificación de Standalone (mercado aislado) de la Argentina. El país sigue en el nivel más bajo del ranking junto a naciones que no tienen seguridad jurídica para invertir.” Infobae, 24 de junio.
Pese al discurso del gobierno y de sus ensobrados medios amigos, la Argentina sigue siendo un país “aislado”.
Su sistema institucional es una mala caricatura, cuya fragilidad se evidencia con la naturalización y mal uso de los DNU y de la inconstitucional ley 26122 que los permite legitimar con el voto favorable una sola de las cámaras del Congreso.
Sin embargo, la moralina política del sistema demoró la moción de censura al ya sesgado Adorni, para no aparecer como “golpistas” (sic), haciendo uso de una atribución constitucional. Con el mismo criterio, cualquier juicio político, o cualquier declaración de inconstitucionalidad de una norma sería “golpista”.
La política prioriza la “componenda” -arreglo o transacción censurable de carácter inmoral- a la toma de decisiones claras y convincentes sobre cuestiones, problemas o controversias.
Esa hipocresía política es la que nos lleva a legislar superbeneficios -los RIGI- como antes las leyes de inversiones extranjeras, que en definitiva son subsidios fiscales para inversiones de alta rentabilidad que igual se harían.
El INDEC nos acaba de mostrar la poca efectividad de los “RIGI” vigentes.
Los tan cacareados viajes del presidente, en los que hace gala de su notable incultura y de sus brotes psicopolíticos, nos ponen en el lugar de “país aislado”, que equivale a lo que se da en llamar “capacidades diferentes”.
Para ese mundo en el que los números se convierten en supuestos valores ético-morales, la Argentina de Milei tampoco califica.
No sabemos quién invitó a Adorni a inclinar su ya sesgada cabeza, o alguien sigilosamente se la empujó mediante un soplido, pero ese hecho de levedad caritativa fue la cabal expresión de nuestra precariedad institucional en la que el viaje cambalachesco en un mismo avión de un ministro y un juez se convierte en cuestión de estado, en el que se habrían decidido “cosas importantes”, la suerte de un funcionario en estado vegetativo, futuros cargos o el precio de algún anunciamiento “patriótico”.
En un país “aislado” todo vale, para que nada valga.
A todo esto lo llamo “mileipardismo”.
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