Por Enrique Guillermo Avogadro.-
“Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto”. Georg Christoph Lichtenberg.
Las urnas han hablado en Brasil e Israel, aunque no necesariamente han resuelto los problemas que tenían sus ciudadanos al votar. Entretanto, Estados Unidos se prepara para sus elecciones legislativas del martes 3 y España hará lo propio el 29. En todos los casos, con diferencias sustanciales, aparece una misma amenaza: la creciente polarización de sociedades que parecen haber perdido la capacidad de convivir con quienes piensan distinto.
En Brasil, el domingo Lula vivió el mejor y el peor día de su vida al obtener su cuarto mandato, derrotando a Flávio Bolsonaro, quien se negó a aceptar la derrota y fugó a EEUU. El resultado constituye un freno a la expansión regional de la derecha, pero dista de representar un cheque en blanco para el veterano dirigente del PT. La chapucera elección dejó un Congreso de fuerte impronta conservadora, que limitará seriamente su margen de maniobra y podría someterlo a un pronto impeachment, como pasó con Collor de Mello y Dilma Rousseff. Afrontará una economía con problemas fiscales, endeudamiento – agravado por el enorme “plan platita” que desplegó en campaña – que no admiten postergaciones. El mayor problema de la izquierda brasileña es que, ante la imposibilidad de Lula de presentarse nuevamente, el PT carece de herederos, y su victoria tampoco borra la fuerza electoral de la derecha, que seguirá siendo una parte sustancial del país.
Para Javier Milei, el resultado encierra una paradoja: el triunfo de quien ha sido blanco de sus peores descalificaciones confirma que América Latina no marcha en una única dirección ideológica. Brasil, por su peso económico y diplomático y con independencia de sus preferencias, seguirá siendo un actor imprescindible para EEUU y para la región, y tampoco la rispidez de las relaciones alterará el comercio entre nuestros países.
En Israel, la victoria de la actual coalición de Netanyahu resultó insuficiente para garantizar su continuidad como Primer Ministro, ya que ese bloque quedó lejos de los 61 escaños necesarios para alcanzar la mayoría en la Knesset. La oposición tampoco dispone de una salida fácil, pues necesita resolver sus profundas diferencias y definir qué papel dará a las fuerzas árabes que, sorprendentemente, alcanzaron 19 bancas. El resultado expresa el desgaste de un liderazgo cuestionado por los fallos de seguridad que precedieron al ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 – y quizás su aprovechamiento político -, por la prolongación de las guerras regionales y por las denuncias de corrupción que lo persiguen. Tampoco la eventual salida de Netanyahu resolverá automáticamente los dilemas de seguridad de Israel o abrirá, por sí sola, una paz duradera con los palestinos. El interrogante es: ¿podrá Israel construir un gobierno capaz de combinar seguridad, responsabilidad institucional y una estrategia regional que no dependa de la guerra permanente? También estará en juego su relación con Trump, cuya política hacia Medio Oriente está comenzando a percibir que los intereses estratégicos deben prevalecer sobre las afinidades personales.
En EEUU, las legislativas del martes pondrán a prueba la fortaleza de Trump. Se renovará la totalidad de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. Los demócratas aspiran a recuperar el control del Congreso, favorecidos por el descontento ante el costo de vida, la inmigración, las sospechas de corrupción y las decisiones presidenciales. Conservar la Cámara baja parece más arduo para los republicanos; la disputa por el Senado, en cambio, es mucho más incierta. Una derrota convertiría los dos últimos años del mandato en una sucesión de enfrentamientos parlamentarios, investigaciones y bloqueos presupuestarios y reavivar los pedidos de impeachment, aunque remover al Presidente exige mayorías muy difíciles de reunir. Trump conservaría sus muchas facultades ejecutivas, pero perdería parte de su capacidad para imponer la agenda. No se tratará solamente de un plebiscito sobre su gestión. También se medirá la resistencia de las instituciones frente a un liderazgo que ha cuestionado límites, adversarios y controles. La democracia estadounidense no desaparecerá por perder una elección, pero puede debilitarse cuando el respeto por las reglas queda subordinado a la conveniencia del vencedor.
Finalmente, España acudirá a las urnas el 29 de noviembre, en unas elecciones que podrían devolver el gobierno a la derecha. Los sondeos sitúan al PP por delante del PSOE y anticipan que Vox podría resultar decisivo para formar una mayoría parlamentaria. La fragmentación de la izquierda complica las posibilidades de Pedro Sánchez, mientras la vivienda, la inmigración, la invasión a Ceuta, los escándalos de corrupción y las reiteradas catástrofes ferroviarias ocupan el centro de la disputa. Una eventual alianza entre Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal supondría un cambio significativo para España y para Europa. Pero sustituir a Sánchez tampoco bastará para resolver la crisis de confianza en la política, la dificultad de acceso a la vivienda o las tensiones territoriales. La alternancia es saludable; convertir al adversario en enemigo permanente, no.
Las cuatro citas electorales muestran que las urnas pueden cambiar gobiernos, pero no necesariamente reconstruir sociedades fracturadas. La democracia requiere algo más que contar votos: necesita instituciones respetadas, mandatarios dispuestos a comportarse con altura, a respetar la libertad de prensa y a aceptar límites y, sobre todo, de ciudadanos capaces de reconocer la legitimidad de quien piensa distinto. De lo contrario, cada elección será apenas una tregua entre dos batallas. Y cuando la política se reduce a la conquista y conservación del poder, ¿quién se ocupa de gobernar?
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