Por Italo Pallotti.-

En esta Argentina nuestra, esa a la que alguna vez se la soñó grande, disparadora de oportunidades, superadora de aquellas de su mismo nivel por cultura, educación, economía, institucionalidad, riqueza y otras bondades, hoy la encontramos en un estadio de incertidumbre y pesadumbre que nos hace pensar seriamente que ese modo de vivirla, tan lejos de aquello por la cual se esperanzó tanta gente y por tanto tiempo, debe buscársele una fecha de inicio. Cuando parece que algún motivo, acción o forma de manifestarse tiende a tomar solidez, algún imprevisto, cuestiones que hacen a las relaciones humanas y de conjunto, inducen a fracasar lo insinuado. En esto mucho tiene que ver la base cultural del espectro social. La decadencia en la forma de administrar valores, la incomprensión de códigos, la incomunicación entre pares; pero por sobre todo la pérdida del respeto han hecho claudicar una forma de vivir que encuentre en la paz y la armonía el sustento necesario para superar conflictos.

Hemos visto transitar la nación donde una especie de máscara, un conjunto de falsedades, y sobre todo el desinterés por el bien ajeno, torpedeó la ilusión puesta en alcanzar objetivos comunes. Cuando las prioridades se encapsulan en un solo rumbo, la economía por ejemplo, descuidando cuestiones superadoras como la educación, la salud y otros aspectos de la vida personal y colectiva no se puede esperar otro resultado que el deterioro del bienestar social.

La presencia de sectores con privilegios, muchas veces a nivel de escándalo, ha hecho que la sociedad viera sucumbir un ideal de estabilidad y progreso, fundamental para su desarrollo. La política, como responsable del orden general del país, tiene a esta altura una extrema responsabilidad y culpa de lo que aquí de expresa. Décadas de vaivenes inexplicables en la conducción del país han ido socavando, casi sigilosamente, las posibilidades de superación. Se ha desperdiciado un tiempo en el cual confluyeron la resignación de unos, la indiferencia de otros y la marginación y violencia de otros tantos. En este punto la corrupción, de distintos modos, ocupó y ocupa un lugar por demás preocupante. Súmese a ello la imposibilidad de encontrar patrón de consenso que permita encauzar una política de Estado capaz de perdurar en el tiempo. Nada de lo que haga el gobierno de turno satisface a la oposición. Siempre un algo, un detalle o una conducta, aunque parezca bien intencionada, es del agrado del opositor. Un desliz en la cúpula del poder se lo encasilla en una base tremendista, descalificante y mal intencionada, la mayoría de las veces; aunque tal proceder perjudique a propios y extraños. Un periodismo complaciente, grosero y sin códigos mínimos siempre dispuesto a descalificar cada acto de gobierno. Todo, en dureza extrema. Exagerado. Muchas veces, rozando el ridículo.

Dicho esto, cierto es que en los últimos tiempos algunos episodios, en la propia figura del Presidente, como ha sido el ataque furibundo y sin tapujos sobre la actuación de reconocidas figuras del ambiente periodístico; desde “quemar en la hoguera”, hasta “ h. de p.”, en nada aportan al clima de sosiego y tranquilidad que está exigiendo la sociedad. Innecesario. Sin nada de valor. Siempre los extremos. La confrontación excluyente de racionalidad. La marginación del juicio sereno y empático por la impulsividad y el enojo. El reproche visceral, antes que la serenidad de los espíritus. En cada caso, uno y otros se deben una situación de respeto, por encima de supuestas verdades; más que por ellos por el ciudadano común, consumidor de la verbalidad y tropelías de ambos lados. Cuando se deshumaniza el mensaje con la confrontación violenta, la verdad está en peligro. Por todo esto aquello del título; “Ejemplos”. La sociedad espera de los actores del poder, y el periodismo claro que también lo es, un mensaje en ese sentido.

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