Por Italo Pallotti.-
En esta Argentina nuestra, tan particularmente desdichada, los tiempos nos encuentran viviendo momentos muy complejos. Apenas si destellos de lo ambicionado por una mayoría se llegan a concretar. Los momentos fugaces de sosiego son capitalizados con tal magnitud que en el momento del disfrute algo inesperado lo vuelve, finalmente, frustrante. Los instantes de paz son apenas capitalizados con singular vehemencia que al poco tiempo, por lo efímero, es como sembrar una metodología del día a día. Las urgencias, en la desesperanza, se vuelven tóxicas. Se quiere, por momentos, guardar lo bueno de instantes; pero de nuevo el fracaso nos deposita en la realidad. Nuestra sociedad vivió en una carrera desenfrenada por adelantar el futuro. Esa melancolía suprema por alcanzar, tantas veces, lo inalcanzable. Casi siempre hay como un caparazón que intenta cubrir los afectos, las amistades, con una imagen de lealtad hacia el otro qué en las emociones compartidas, vuelve a querer empatizar para sobrevivir a las penurias, en definitiva, de todo el tejido social.
Cuántas veces hemos perdido la confianza en el otro. En las instituciones, en las personas que forman parte del mundo político. Porque, ellos mismos, son parte de ese mundo, casi ficcional. Una secuela de vicisitudes envuelve a tantos. Esos que pretenden sobrevivir con una resiliencia que se agota. Y entonces vuelve, como un mecanismo de defensa el refugio en las cosas cuya banalidad es tan de poca importancia que apenas sirve para pasar el momento (festivales, el fútbol, encuentros furtivos, etc.). Y ahí el encuentro es apenas de instantes. De nada que contenga un sabor a provecho. Una cuestión pasatista. Y cuando eso ocurre, en el esfuerzo por no caer, lo actuado abruma, cansa, hasta fastidia. Y una rutina lo devuelve a “su mundo”, ese que lo instala, ahí nomás, a una realidad de cansancio y hartazgo. En las manifestaciones colectivas, se observa como esa situación de individualismo proyecta un mecanismo de solidaridad, más que real, trucha. Sin consistencia.
En esa búsqueda constante, porque uno también es parte de ese esquema, he tomado el trabajo de consultar diarios de distintas épocas del país. Cincuenta y muchos más años nos cachetean con los mismos titulares. Crisis de eso y de aquello. Desde el dólar (siempre dispuesto a abofetear la paz de la economía), hasta las crisis institucionales, cuando no el golpe de Estado , plantaron en la psicología popular la lucha feroz entre la fatiga crónica y la esperanza del mismo tenor. Todo inconcluso. La patología de la norma absurda, chocante y a punto del delirio de aquellos que vienen, siempre, a “mejorarnos”. Obvio que un calendario de promesas que cada cual sabe, de antemano, serán incumplidas.
La lucha por la supervivencia, para avanzar, como sería deseable en una comunidad armónica, cae en el vacío. Las fuerzas se diluyen. La individualidad, aunque esporádicamente, logre superar momentos, siente en definitiva que el cansancio lo obnubila para proyectarse a nuevos desafíos. Y es tan real como que frases del tono “esto no tiene arreglo”, o con “esta clase política, siempre será igual”, o “ la corrupción mata”, parece ser tan real. Entonces que se puede esperar. Tan cierto todo, al parecer, que se termina justificando conductas aberrantes para sobreponerse a un escepticismo que corroe el pensamiento y anula toda posibilidad de superación.
La realidad nos está mostrando la misma cara de aquellas historias que intentamos sepultar. Entredichos. Peleas internas en la cima del poder. Apenas si pasado medio mandato y parece una eternidad. Búsqueda desenfrenada por dinamitar al que gobierna, por parte de la oposición. Con o sin razones. La cercanía de un año electoral, parece el presagio de un terremoto político.¿Una vez más? Los nuevos distraídos; los viejos haciendo mímica como “salvadores de la Patria”.
Quizás escribiendo cada uno, su historia; pero como se dice en el título: Historia. ¿Qué Historia”. Es posible la de su propio interés y no de la de toda la nación.
Deja una respuesta